El Cairo: hasta el atardecer

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Durante todo el viaje, mientras visitaba templos, tumbas y demás,alguien añadía la coletilla: “y esto lo podéis ver en el Museo del Cairo“. ¡No me lo podía perder!

Me sorprendió ver tantos tesoros bajo el mismo techo y a la vez tantos tesoros desprotegidos de las manazas de los turistas porque literalmente tu mano puede tocar los cientos de sarcófagos de miles de años de existencia que se apiñan en las salas. Y tirando de exageración, el Museo del Cairo por dentro parece más antiguo que las pirámides de Giza. Paredes descoloridas y trozos caídos le dan a la visita un toque especial.

La sala más visitada del museo es la del tesoro de Tutankamon. La historia en si misma me parece incluso más emocionante que ver el tesoro. Me da envidia lo que sintió aquel arqueólogo francés cuando: “Por un momento, quedé aturdido por la sorpresa. ¿Puede ver algo?. Sí, cosas maravillosas”.

Y es que llegó a la tumba de Tutankamon en 1922 encontrando no sólo el sarcófago sino cientos de piezas de oro. Llegó más lejos que los ladrones que en el pasado no fueron capaces de encontrar la puerta donde descansaban los restos del faraón. Le honra, que a diferencia de otros arqueólogos, él sí dejó todo el tesoro en la tierra a la que pertenece para disfrute de nuestros ojos.

Teníamos apuntadas más cosas en la lista de pendientes de El Cairo así que nos plantamos en la Ciudadela de Saladino que fue construida en el S.XII en una colina de El Cairo como una fortaleza para defensa militar y como residencia del sultán y su familia.

La panorámica desde aquí es inmejorable porque en la parte baja puedes ver la mezquita Sultan Hassan, a la izquierda el parque Al Alzar y a lo lejísimos las pirámides de Giza. Lo que no me gustó de la Ciudadela de Saladino es que hay que ir taxi. Nosotros intentamos ir andando y nos tocó caminar por el arcén de una carretera bastante polvorienta y ruidosa.

El parque Al Azar es el espacio más verde, tranquilo y limpio, que hemos encontrado en el El Cairo. El fin de semana está lleno de familias, recién casados y jóvenes parejas que dan la impresión de querer esconderse para pasar un rato juntos. En cuanto nos sentábamos cerca, en los jardines o en un mirador, se iban corriendo, como si tuvieran miedo de que fuéramos espías.

Tras el atardecer vamos de nuevo al bazar Jalili porque no nos queremos ir de El Cairo sin tomar un té verde en el Café Fishawi o “Café de los espejos” que está escondido en un callejón y su popularidad se debe a que antiguamente se hacían tertulias literarias.

¿Quién me iba a decir que me iba a gustar tanto El Cairo? Tal vez porque estoy acostumbrada a visitar ciudades caóticas no me ha parecido tan mal como lo pintan la mayoría de turistas. ¡Dale una oportunidad! 😉

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